Little Mountain
Uno de los quesos más notables que se elaboran actualmente en Estados Unidos nace en el pequeño pueblo de Platteville, Wisconsin. Su creador, Chris Roelli, pertenece a la cuarta generación de una familia dedicada al arte de hacer queso. La historia comenzó en 1903, cuando su bisabuelo, Adolph Roelli, emigró desde Suiza llevando consigo el saber hacer de la tradición quesera alpina.
Los agricultores de la zona pronto reconocieron su experiencia y lo invitaron a unirse a la cooperativa local para elaborar queso. Más tarde, su hijo Walter amplió el negocio incorporando el transporte de leche y, en la época de mayor actividad, los camiones de la familia recogían la producción de cerca de quinientas granjas de la región.
Durante la segunda mitad del siglo XX, la creciente presión de la industria láctea y la continua caída de los precios hicieron cada vez más difícil mantener los elevados estándares de calidad que siempre habían distinguido a los Roelli. Finalmente, incapaces de competir con los grandes compradores que dominaban el mercado, la quesería cerró sus puertas en mayo de 1991.
A comienzos de la década de 2000, Chris Roelli, recién graduado, decidió recuperar el legado familiar. Con discreción y determinación volvió a elaborar queso. Su primera creación fue el ya reconocido Dunbarton Blue, al que siguió este Little Mountain, concebido como un homenaje a sus raíces y a los quesos de montaña que su bisabuelo aprendió a elaborar en Suiza.
Inspirado inicialmente en el Appenzeller, Chris fue refinando la receta hasta obtener un queso con personalidad propia. Como él mismo explica, el resultado se sitúa a medio camino entre un Emmental y un Gruyère, integrándose plenamente en la gran familia de los quesos alpinos.
Little Mountain ofrece un perfil aromático elegante y equilibrado. En nariz aparecen delicadas notas de mantequilla, leche cocida y frutos secos, especialmente nuez. En boca presenta una textura firme, compacta y ligeramente elástica, que evoluciona hacia una agradable cremosidad. Su sabor combina matices dulces y afrutados con un delicado carácter tostado, dejando un final largo, limpio y persistente.
Como todos los grandes quesos, conviene degustarlo a temperatura ambiente para apreciar plenamente toda su riqueza aromática. Es excelente para disfrutar solo, aunque también resulta magnífico en sándwiches gourmet, rallado sobre pasta fresca, en ensaladas o gratinando patatas y verduras. Como colofón de una comida, armoniza especialmente bien con albaricoques secos, nueces y un buen pan de masa madre.
En cuanto al maridaje, un Chardonnay fermentado o criado en barrica realza su cremosidad y sus notas de frutos secos. También combina magníficamente con un Savagnin del Jura o con un Pinot Noir de clima fresco y tanino sedoso. Para quienes busquen una armonía excepcional, un Vin Jaune del Jura ofrece un maridaje memorable gracias a su extraordinaria afinidad aromática con este tipo de quesos de montaña.
